
La necesidad de difundir nuestras virtudes y de ocultar nuestros defectos es indiscutible. Todos sentimos una inclinación para lograr que el mundo conozca nuestra grandeza (aunque sea pequeña). De una u otra forma nos la ingeniamos para ser nuestra propia agencia de promoción, actuando de una manera en público y de otra diferente en privado. El problema es que equivocamos el target, nos confundimos al definir al público al que le tenemos que vender nuestro producto.
Hay un concepto en la Torá que siempre me resultó extraño, y es el de “marit ain”, crear una mala impresión. Se refiere a una acción que si bien no transgrede ninguno de los preceptos, puede llegar a causar la impresión de estar trasgrediéndolo. Por ejemplo el Shuljan Aruj (código de ley judía) determina que no se puede cocina carne en leche no láctea, porque podría causar la impresión de que se está utilizando leche láctea. El punto que siempre me pareció raro es que esta ley se establece incluso cuando nadie nos esté mirando, cuando no haya ningún observador en el que causar una mala impresión.
Eso me lleva a pensar que si uno debe comportarse en privado de la misma manera en que lo hace en público será porque uno siempre está siendo observado. Que Hashem nos mira a cada instante (y sin parpadear) no es un concepto nuevo, pero nuestros sabios también nos dicen que cuando lleguemos al cielo nosotros nos convertiremos en observadores, que nos enfrentaremos con la película de nuestra vida (pensé que esto sólo le pasaba a Robin Williams), y que junto a Hashem, sentaditos en primera fila, presenciaremos el espectáculo.
Como directores creativos de nuestra vida sería bueno dejar de definirnos según la mirada de los otros. El judaísmo nos advierte que seremos los protagonistas y los espectadores, que la sala nunca está vacía, que no hay ni un solo momento privado y que no podemos engañara a nadie, porque el consumidor, en este caso conoce todas las artimañas del publicista.
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