lunes, 12 de abril de 2010

Una Historia en el día del Holocausto

Esta es una historia verdadera


Agosto 1942. Piotrkow, Polonia.

El cielo estaba sombrío en aquella mañana, mientras esperábamos con ansiedad. Todos los hombres mujeres y niños del Gheto Judío de Piotrkow's fueron rejuntados en una plaza como un rebaño.

Se esparció la noticia de que estábamos siendo removidos. Mi padre había fallecido recientemente de tifus, que abundaba en el abarrotado gheto. Mi temor mayor era que nuestra familia fuese separada.

'No importa lo que pase', Isidoro mi hermano mayor, me murmuro, 'no les digas tu edad. Diles que tienes dieciséis años. Yo era alto para un niño de 11 podría pasar por 16. De esta manera seria considerado valioso como trabajador.

Un SS se aproximó a mi, haciendo sonar las botas en las piedras del piso, me miró de arriba abajo, y me preguntó la edad. Dieciséis le dije. Él me envió hacia la izquierda con mis tres hermanos y otros hombre jóvenes y saludables.

Mi madre fue enviada a la derecha con otras mujeres, niños enfermos y gente mayor. Le pregunté a Isidoro, ¿por qué?. Él no me respondió. Corrí al lado de mamá y le dije que me quería quedar con ella. 'No' me dijo firmemente. 'Vete de aquí, no quiero verte, Vete con tus hermanos'. Ella nunca me había hablado tan duramente, pero entendí: ella estaba protegiéndome. Ella me amaba tanto que por esa única vez ella fingió no hacerlo. Fue la última vez que la vi.

Fuimos transportados con mis hermanos en un vagón de ganado a Alemania. Llegamos al campo de concentración de Buchenwald en una noche, semanas después nos condujeron a una barraca. Al día siguiente recibimos uniformes y números de identificación.

'No me llamen Herman nunca más' le dije a mis hermanos, 'llámenme 94983'.

Fui puesto a trabajar en el campo crematorio, cargando los muertos a en un elevador manual. Yo también me sentía muerto. Insensibilizado, me transformé en un número. Pronto nos enviaron a mis hermanos y a mi a Schlieben, uno de los subcampos de Buchenwald cercanos a Berlín.

Una mañana yo creí oír la voz de mi madre: 'Hijo' dijo suave y claramente, ' Te voy a mandar un ángel' Entonces me desperté, fue solamente un sueño, un lindo sueño. En ese lugar no podía haber ángeles. Solamente trabajo. Y hambre y miedo. Un par de días luego, estaba caminando alrededor del campo, de las barracas, cerca de la cerca de defensa, donde los guardias no podrían verme fácilmente. Estaba solo.

Del otro lado, veo a alguien, una pequeña niña con rulos suaves y luminosos. Ella estaba medio escondida detrás de un abedul. Mire alrededor mío para estar seguro que nadie me veía. Le dije suavemente en alemán: '¿Tienes algo de comer?'. Ella no entendió. Me puse mas cerca de la defensa y repetí en polaco mi pregunta. Ella se aproximó. Yo estaba flaco, raquítico con harapos envolviendo mis pies, pero la niña parecía no tener miedo. En sus ojos vi la vida. Ella sacó una manzana de su chaqueta y la tiró sobre la cerca. Yo tomé la fruta y corrí lejos. Escuche a ella diciéndome débilmente: ' Te veo mañana'

Volví al mismo lugar a la misma hora cada día. Ella estaba siempre allí con algo para darme de comer, un pedazo de pan o mejor aun una manzana. No osábamos hablar o tardarnos. Que nos vieran significaba la muerte para los dos. No sabia nada sobre ella, apenas una niña buena de una hacienda, que entendía polaco. ¿Cuál era su nombre? ¿Por qué se arriesgaba por mi? La esperanza estaba en aquel pequeño suplemento, y esa niña del otro lado de la cerca me trajo un poco, como nutriéndola de esa forma, como con el pan y las manzanas.

Aproximadamente 7 meses mas tarde, fuimos yo con mis hermanos metidos en un vagón de carbón, y enviados para el campo de Theresienstadt en Checoeslovaquia. 'No vuelvas', le dije a la niña, 'nos estamos yendo'

Volví a las barracas sin mirar para atrás, en ese mismo instante dije adiós a la pequeña niña cuyo nombre nunca aprendí, la niña de las manzanas.

Estuvimos en Theresienstadt por tres meses. La guerra estaba disminuyendo y las fuerzas aliadas estaban cerca, aun mi destino parecía estar sellado.

El 10 de Mayo de 1945, yo estaba destinado a morir en la cámara de gas a las 10 horas. En el silencio del crepúsculo, intenté prepararme. Tantas veces la muerte pareció pronta para reclamarme, pero de alguna forma yo había sobrevivido. Ahora todo había terminado.

Pensé en mi familia. Al fin nos estaremos reuniendo. Pero a las 8 A .M., hubo una conmoción. Oí gritos, y vi gente corriendo en cualquier dirección a través del campo. Me reuní con mis hermanos. ¡Las tropas rusas habían liberado el campo! Las puertas fueron abiertas. Todos estaban corriendo y yo hice lo mismo. Sorprendentemente, todos mis hermanos habían sobrevivido. No estoy seguro como, pero yo sabia que la niña de las manzanas había tenido la llave de mi sobre vivencia. En el lugar en el que el diablo parecía triunfador, una buena persona había salvado mi vida, me había dado esperanzas en un lugar en donde esta no existía.

Mi madre me había prometido enviarme un ángel, y el ángel había venido.

Eventualmente encaminé mis pasos a Inglaterra, donde fui asistido por una institución de caridad judía. Me colocaron en un hospedaje con otros niños que sobrevivieron al Holocausto y fui entrenado en electrónica. Después fui a América, donde mi hermano Sam se había mudado. Serví en el ejercito en la guerra de Corea, y regresé a Nueva York, luego de dos años. En agosto del 1957 abrí mi propio comercio de reparación de electrónicos. Y comencé a asentarme allí.

Un día, mi amigo Sid que conocí en Inglaterra me llamó y me dijo, tengo una cita para ti, es una amiga polaca. Vamos a salir juntos. ¿Una cita a ciegas? No, eso no es para mi. Pero Sid continuó insistiendo y unos pocos días luego nos dirigimos al Bronx para recoger a su novia y a su amiga Roma.

Tengo que admitir que por ser una cita a ciegas, no estaba nada mal. Roma era una enfermera en el Hospital Bronx. Era linda e inteligente. Hermosa también, con cabellos castaños y ojos verdes almendrados, que la llenaban de vida. Los cuatro nos dirigimos a Coney Island. Roma hablaba fácilmente, era sencillo estar con ella. Descubrí que ella era también cautelosa con las citas a ciegas.

Los dos solo estábamos haciéndole un favor a los amigos. Dimos un paseo a la orilla de la playa, gozamos de la brisa salada del Atlántico, y después cenamos cerca de la orilla. No podía recordar haber tenido mejores momentos. Volvimos al auto de Sid y Roma y yo nos sentamos en el asiento trasero. Como judíos europeos que habíamos sobrevivido la guerra, sabíamos que muchas cosas se dejaron sin decir entre nosotros. Ella comenzó con el tema:

-¿Dónde estabas durante la guerra? Preguntó delicadamente.

- En el campo dije. Las terribles historias jamás vividas, las irreparables perdidas. Yo traté de olvidar pero jamás podré olvidar.

Ella estuvo de acuerdo. Mi familia estuvo escondida en una chacra en Alemania, no lejos de Berlín me dijo, 'Mi padre conocía a un sacerdote y este le dio papeles arios'. Yo imaginé cómo podría haber tenido también miedo, una constante compañía. Y aun así, aquí estábamos, ambos sobrevivientes en un nuevo mundo.

-Había allí cerca de la estancia un campo de concentración,- continuó Roma -Yo vi allí a un niño y pude llevarle manzanas cada día.

Que extraordinaria coincidencia que ella haya ayudado a algún otro niño.

¿Cómo era el? le pregunté.

-Era alto, delgado y hambriento. Yo iba a verlo todos los días por seis meses

Mi corazón dio un salto. No podía creerlo. No podía ser.

-¿El te dijo un día que no volvieras porque los estaban trasladando a Schlieben?

Roma me miro estupefacta.

-¡Si!'

-¡Era yo!'

Estaba pronto a explotar de alegría, inundado de emociones. No podía creerlo. ¡Mi ángel! No te voy a dejar ir. Le dije a Roma. Y en la parte posterior de ese auto en esa cita a ciegas le propuse casamiento, no podía esperar.

-¡Estás loco! -me dijo. Pero me invitó a conocer a sus padres para la cena del Shabat de la siguiente semana. Había tanto que deseaba saber sobre Roma, pero las cosas mas importantes, yo siempre las supe: su firmeza, su bondad. Por muchos meses, en las peores circunstancias, ella vino hasta la cerca y me trajo la esperanza. No ,ahora que la encontré de nuevo, jamas la dejaría partir. Ese día ella dijo si. Y yo mantuve mi palabra. Luego de casi 50 años de matrimonio, dos hijos y tres nietos, yo jamás la dejaré partir.

Herman Rosenblat of Miami Beach , Florida

Esta es una historia verdadera, usted puede encontrar mas, buscando en Google Herman Rosenblat. El señor Rosenblant volvió a hacer Bar Mitzvah a la edad de 75 años. Su historia sera hecha una película con el nombre The Fence (La Cerca). Este correo debe llegar a 40 millones de personas para ser un tributo a los sobrevivientes del Holocausto.

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